lunes, 29 de julio de 2013

SER NIÑO HUACHO EN LA HISTORIA DE CHILE. GABRIEL SALAZAR

SER NIÑO HUACHO EN LA HISTORIA DE CHILE. SIGLO XIX. GABRIEL SALAZAR.
Los niños – según se cree – no hace historia. Los niños no eligen gobernantes. No son, tampoco gobernantes. No organizan Estados. No declaran guerras. No se matan entre sí, ni destierran a sus semejantes. No despliegan políticas económicas ni acumulan capital. No contratan sirvientes. No masacran a los pueblos. No difunden utopías


“Ser niño “huacho” en la historia de Chile” (Siglo XIX)

Los niños – según se cree – no hace historia. Los niños no eligen gobernantes. No son, tampoco gobernantes. No organizan Estados. No declaran guerras. No se matan entre sí, ni destierran a sus semejantes. No despliegan políticas económicas ni acumulan capital. No contratan sirvientes. No masacran a los pueblos. No difunden utopías.
Contexto histórico del siglo XIX:
                El siglo XIX chileno se caracterizo por ser un siglo muy convulsionado, donde nuestra historia nacional se vio envuelta en muchos sucesos de los cuales se han historiado en su mayoría, los más relevantes, dejando de lado el “lado B” de cada uno de ellos, como por ejemplo, la temática de los niños, sus problemáticas, sentires y pesares, y es esta la invitación de la clase de hoy, develar su historia, composición y asistencialidad.
                El siglo XIX parte con la independencia de nuestro país (1810), en conjunto con una postergación económica (monopolio por parte de España), una economía minera incipiente, gastos bélicos, entre otros.
                A partir del año 1830 en adelante, una vez consolidada nuestra independencia, nuestro país busca fortalecer y robustecer sus cimientos para convertirse en un país desarrollado acorde a los tiempos y otros países. Es por ello, que la consolidación parte por la parte política y sus proyectos tanto económicos como sociales. En la búsqueda de consolidación, es que se hace un llamado a los extranjeros (colonización), específicamente italianos, alemanes y franceses a hacer ocupación de nuestro territorio sureño, cuyo fin era la internación de sus hábitos y cultura.
                En el ámbito económico, se da un vuelco hacia la agricultura y ganadería, siendo un siglo eminentemente rural, generándose un creciente éxodo del campo a la ciudad, que durará hasta principios del siglo XX.
                En el ámbito social, la pobreza extrema, insalubridad, hacinamiento, falta de educación vinieron a englobar aún más los acontecimientos de este siglo.
                Por otra parte, este es un siglo plagado de desastres tales como terremotos, epidemias, (escarlatina 1827, viruela 1833, gripe 1835, tifus y viruela 1864 – 65, viruela 1870 - 1873),  plagas, roedores, guerras, crisis económicas, promulgación leyes laicas (1880 - 1884).
Antecedentes
-“La impresión que los niños no interesaban, sino en función de que llegarían a ser adultos que ayudasen a sus padres en el trabajo. La niñez se entendía, pues, como una etapa en la cual se proporcionaban los cuidados mínimos que garantizaran la subsistencia”. (Pablo Artaza; Mujer y relaciones de pareja. Chile siglo XIX.)
-A fines del siglo XIX, sólo en Santiago, se fundaron trece instituciones para niños pobres y desamparados. “El aumento de los expósitos no puede ser más evidente. Su ritmo siempre va en alza, paulatinamente, hasta el primer cuarto del siglo XIX; fuerte, en la década de 1830 – 1839, y decididamente brutal a partir de 1840. Entre 1770 – 1829, el número de abandonados aumenta casi un 107%, hacia 1870, ha subido a un 1.720%. Así un creciente número de niños pasó la totalidad o gran parte de su infancia bajo el cuidado de algún establecimiento de beneficiencia” (RHSM)
                Dentro de este marco histórico, los niños eran considerados pequeños adultos, no se tomaba en cuenta sus deseos, sentimientos, juegos entre otros, a diferencia de hoy, ni mucho menos sus derechos, sólo los deberes. Entonces habría que hacer la siguiente interrogante, ¿de qué modo, todos estos sucesos irrumpen en la historia de los niños?
Orfandad en el Chile tradicional:
Culpa y llanto de Rosaria Araya (Ponencia presentada en el Seminario “Sociedad agrícola y minera chilenas, en la Literatura y en la Historia”, organizado por el Departamento de Historia de la Universidad de Santiago, 1989):
                Campesina perteneciente al Valle de Illapel (Provincia de Choapa, Región de Coquimbo), joven soltera de 26 años y al momento de esta historia, se encontraba 8º mes de embarazo. Rosaria Araya, según los registros de la época había sido embarazada (según se supo) por Matías Vega, peón de 26 años, soltero, del mismo valle.
                Rosaria, pese a su avanzado estado, se mostraba “siempre ájil para trajinar”, aún cuando tuvo que ir a retirar un buey que había muerto al caer a un barranco. José Simeón, el gobernador, estaba en verdad asombrado por la vitalidad de Rosaria Araya. Sobre todo cuando supo que ella, después de esa subida, “iso otra, también al cerro, casi a igual distancia, i en la que anduvo sin fatigarse”. ¿No era asombroso? Sin embargo, poco tiempo después, ya “no pudo dormir de ninguna manera sino sentada”, y al frisar los nueve meses se hizo necesario prestarle ayuda cuando quería pararse, debido al mucho peso de su barriga. Aunque “puesta de pie, pudo siempre andar i ocuparse en los quehaceres domésticos”. El gobernador de Illapel tenía razón: Rosaria Araya era una joven campesina fuerte, vital y animosa. “El día cartoce de setiembre del presente año de 1845, entre cuatro i cinco de la tarde, le principiaron los dolores…” Se dio aviso a la madre. Se hizo venir a Damiana Soto, para que colaborase en el parto. Y ante ellas, como a las siete y media de esa misma tarde, sin mayores complicaciones, vino el parto y nació un varón. Unos instantes después “también vino la par”, con lo que la parturienta se sintió más aliviada. Viendo eso, las comadronas “la echaron a la cama, quedando con algunos dolores, aunque pequeños”.
                Durante dos días, obedientemente, Rosaria Araya permaneció en la cama. Estaba bien, pero “con dolores muy lentos”. Su enorme barriga estaba, también, allí. Presente. Sin deshincharse, como si nada hubiera pasado. Como si tuviera voluntad propia. O fuera ajena a la vida del hijo que había expulsado fuera de sí. Algo extraño estaba ocurriendo en esa barriga. Rosaria Araya sintió miedo. Y se puso tensa.
                Sorpresivamente, entre ocho y nueve de la mañana del tercer día, la gran barriga comenzó a retorcerse con dolores rápidos y agudos. Rosaria creyó perder el control de sí misma. Alguien corrió a buscar a Pascuala Barrera, “la que abiendo venido muy pronto, i pulsando a la paciente, dijo que era parto”. Previniendo un parto difícil, la madre hizo traer a un hombre, “para que las ayudase teniéndola”. Y a las diez de la mañana nació una mujercita, seguida de la par. Tras su segundo parto, Rosaria Araya se vio bien. No presentaba síntoma alguno de fatiga. Parecía recuperada. Recibió un poco de caldo y, ya animosa, pidió jugo de chagurires. Todo estaba normalizándose. Pero otra vez, como a las once, “le apuraron nuevos dolores, y en término de una ora nació otra hembra, i luego salió también la par”. ¿No era eso demasiado? ¿No era eso, ya, una maldición? ¿Y por qué la gran barriga seguía hinchada? Fue entonces cuando Rosario Araya, vencida al fin, estalló en una gran desesperación. Y así lo registró José Simeón, el gobernador: “Por esta tercera se afligió la paciente demasiado, recordando su pobreza i la de sus padres, diciendo qué aria con tantos hijos i cómo se vería para criarlos pues era tan pobre, por lo que deseó mas bien morir”. La madre y las otras mujeres que la auxiliaban se esforzaron por consolarla y tranquilizarla. Que no se afligiera. Que no iba a morir. Que entre todos la ayudarían a cuidar de sus hijos…y era la una y media del día 17 cuando, de nuevo, la gran barriga comenzó a retorcerse furiosamente. Y durante tres horas la parturienta se revolvió en su cama, transpirando, llorando, gritando. Y eran las cuatro bien pasadas cuando de la gran barriga emergió otra hembra…”Entonces lloró, se lamentó, i esclamó al cielo nuevamente, gritando que la privase de la vida, pues se creía ser la crítica de todos por aber tenido tanto niño, i lo peor, no tener con qué alimentarlos”…y estaba llorando y gritando cuando la barriga se retorció y los dolores atacaron nuevamente. La partera, tranquila, dijo que era la par. Pero Rosaria estaba ya fuera de sí, no escuchaba a nadie y “se aflijio tanto, creyendo que era otra criatura, que la partera retrocedió, i ella, sintiendo ese gran dolor, dijo que iba a morir muy pronto, i habló a su madre, pidiéndole perdón, como también a todos los que la auxiliaban, i dando un fuerte quejido, al momento, expiró”.
                Las criaturas que alcanzaron a nacer fueron, pues, cuatro: un varón y tres hembras. Según José Simeón, todas ellas fueron muy crecidas y robustas, “tanto como el que nace solo. El varón fue llamado José María, “i se cria en casa de Juan Godoy, recogido en ésta por caridad”. La mayorcita de las hembras se llamó Mercedes del Rosario, “i la cria escasamente Damiana Soto, pues es demasiado pobre”. La que seguía fue llamada Carmen Jesús: “está en casa de la abuela en la mayor escasez por su pobreza”. Y la menor se llamó, simplemente Jesús, “i la cria Damiana Vega, también en mucha pobreza”.
                Todos los campesinos pobres que auxiliaron a Rosaria Araya en el día de su culpa y llanto cumplieron, pues, lo que habían prometido: criar a sus hijos con la ayuda de todos. Fueron, por eso, hijos huachos, y a la vez, hijos del pueblo. También los cielos cumplieron con su pedido: le concedieron la muerte, para evadir (o pagar) la gran culpa de haber tenido tantos hijos en tan grande miseria.

 

 

 

 
 

El trabajo infantil en Bolivia

¿Cuántas niñas y niños trabajadores hay en Bolivia? El baile de cifras dadas por administraciones públicas e instituciones hace que muchos de ellos corran el riesgo de permanecer en la invisibilidad. ¿Qué hacer para abordar la situación?
Los elevados índices de pobreza desde hace varios años han afectado la esfera de ocupación de las mujeres, los niños, niñas y adolescentes, situación que se refleja en “el padrón de ocupación laboral que se modificó sustancialmente, provocando una masiva inserción de mujeres, jóvenes y niños al mercado laboral”
De acuerdo a los índices oficiales, actualmente existen 171 millones de niños trabajadores en todo el mundo. Situación que también se refleja en la realidad boliviana, donde según el Programa de las Naciones Unidas “4 de cada 10 niños trabajan” y “En Chuquisaca, de acuerdo a los datos oficiales emitidos por el INE, trabajan 22.101 niños, niñas y adolescentes en edad escolar (es decir el 13% de 161.749) y en Sucre existen 8.880 niños, niñas y adolescentes en edad escolar que trabajan (es decir el 14% de 6127Pero un aspecto que llama la atención es que los datos oficiales en Bolivia se contradicen ya que existe una “falta de coincidencia entre las distintas fuentes oficiales, por ejemplo, en el año 2001, la MECOVI reportaba la existencia de más de 725 mil niños, niñas y adolescentes trabajadores en Bolivia, mientras que el censo 2001 registraba 313 mil en el país”
Además, “los datos del Censo de Población y Vivienda subestiman la verdadera magnitud de niños, niñas y adolescentes insertos en la actividad económica” y este hecho marca el principio de la invisibilidad y la alta vulnerabilidad a la que se enfrentan, ya UNICEF hablaba de la invisibilidad de la que son sujetos ya que “pueden volverse invisibles, desapareciendo del punto de mira de sus familias, comunidades y sociedades, así como de los gobiernos”, es el caso de los niños que trabajan en Chuquisaca ya que no existen desarrolladas políticas públicas de atención a esta situación, dejando a los niños, niñas y adolescentes en situación de trabajo sumidos en la exclusión socioeconómica y educativa de la que son sujetos.
Aunque ya en 1989 la Convención de los Derechos de la Infancia especifica los derechos infantiles destacando “el derecho de todo niño y niña a ser protegido/a contra cualquier explotación económica y realizar trabajos peligrosos o que puedan interferir en su educación”, la realidad nos muestra que día a día los niños, niñas y adolescentes en situación de trabajo sufren explotación y la violación de sus derechos fundamentales como el derecho a la educación a la salud y a la protección departe del estado, los empleadores y los propios padres y madres.
En Chuquisaca particularmente las entidades públicas hasta la fecha han desarrollado actividades puntuales y aisladas, sin seguir una estrategia departamental, realizando acciones de poco impacto, que no atienden las causas estructurales del trabajo infantil y por tanto no repercuten significativamente en una solución verdadera a la situación de los niños, niñas y adolescentes en situación de trabajo sumidos en la exclusión socioeconómica y educativa de la que son sujetos. Aunque ya en 1989 la Convención de los Derechos de la Infancia especifica los derechos infantiles destacando “el derecho de todo niño y niña a ser protegido/a contra cualquier explotación económica y realizar trabajos peligrosos o que puedan interferir en su educación”, la realidad nos muestra que día a día los niños, niñas y adolescentes en situación de trabajo sufren explotación y la violación de sus derechos fundamentales como el derecho a la educación a la salud y a la protección departe del estado, los empleadores y los propios padres y madres.
En Chuquisaca particularmente las entidades públicas hasta la fecha han desarrollado actividades puntuales y aisladas, sin seguir una estrategia departamental, realizando acciones de poco impacto, que no atienden las causas estructurales del trabajo infantil y por tanto no repercuten significativamente en una solución verdadera a la situación de los niños, niñas y adolescentes en situación de trabajo, actualmente no existe ninguna estrategia de eliminación del trabajo forzoso, ni programas puentes de erradicación del trabajo infantil, exceptuando el programa “Mi primer empleo digno” dirigido a mayores de 15 años, dejando de lado la atención de miles de niños y niñas menores de 14 años que cada día se ven en la necesidad de trabajar.
Los niños y niñas tienen derecho a ser protegidos y atendidos por el estado, ya que de acuerdo al Código niño, niña y adolescente “las defensorías de la niñez y adolescencia y las dependencias pertinentes a las direcciones departamentales de trabajo, tienen la responsabilidad de velar y asegurar para que se efectivicen los derechos y la protección integral establecidos para el derecho a la protección en el trabajo”. Actualmente los propios niños y niñas en situación de trabajo se han organizado para defender sus derechos a nivel de Bolivia en la UNATSBO y en Chuquisaca en la FEDNAYJTS (Federación de Niños, Niñas, Adolescentes y Jóvenes Trabajadores) pero sus demandas no son atendidas.
Frente a esta realidad el Observatorio de Derechos Humanos y Centro de Recursos de Información, que es una red de 27 organizaciones de la sociedad civil (ONG, fundaciones y organizaciones sociales) y entidades públicas y del estado (como la Defensoría del Pueblo y la Jefatura Departamental de Trabajo) ha conformado una Comisión de Niñez, Adolescencia y Juventudes, que tiene como una línea prioritaria de atención el Trabajo Infantil, y en una fecha tan particular como el 12 de junio, Día Mundial contra el trabajo infantil, en el marco de la campaña de sensibilización e incidencia pública por los derechos Todos x Todas. Tod@s x los derechos recuerda a las nuevas autoridades departamentales y municipales que tomen en cuenta el pronunciamiento emitido ya el 20 de Noviembre del 2009 por la Defensoría del Pueblo con el apoyo del Observatorio de Derechos Humanos y Centro de Recursos de Información que especifica

EL TRABAJO INFANTIL EN EL SALVADOR

¿Qué es el trabajo infantil? El trabajo infantil es toda actividad económica o de supervivencia, remunerada o no, ya sea en el sector formal o informal, realizada por personas por debajo de la edad mínima establecida para la admisión del empleo y que atenta contra su desarrollo pleno.

En El Salvador, desde hace décadas, ha existido la práctica de utilizar a los niños y niñas como fuerza laboral no remunerada dentro del núcleo familiar, especialmente en el área rural y en menor escala en el sector urbano, y es un fenómeno que se vive sobre todo en aquellas familias con bajos ingresos económicos.

Pero aunque este fenómeno está arraigado culturalmente en la sociedad salvadoreña, sobre todo en las zonas rurales, en las que se percibe el trabajo infantil como necesario e indispensable dadas las condiciones económicas precarias (pobreza y extrema pobreza en la que viven), El Salvador ha venido dando pasos para conocer la problemática y trabajar en su disminución y erradicación.

El Salvador es país signatario de los compromisos internacionales de protección integral de los Derechos de la Niñez y Adolescencia, y ha ratificado los convenios de la OIT relativos a la edad mínima para la admisión del empleo (138), y el convenio 182 sobre las Peores Formas de Trabajo Infantil. Unido a eso, en 2009, el Estado salvadoreño adoptó como política pública "la Hoja de Ruta", la cual establece la eliminación de las peores formas de trabajo infantil.

Según datos de la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (EHPM) de 2010 realizada por la Dirección General de Estadísticas y Censos (DIGESTYC) del Ministerio de Economía, todavía hay en el país 177,070 niñas, niños y adolescentes ente 5 y 17 años de edad realizaban algún trabajo para ayudar a la economía familiar, lo que representa que uno de cada 10 niños salvadoreños realizó algún tipo de actividad laboral en ese año.
Dicha cifra, sin embargo, representa una reducción del 6.2% con respecto a 2009

Del total de menores trabajando registrados en 2010, un 62.1% vive en las áreas rurales del país. También de esas mismas cifras se desprende que la mitad de la fuerza laboral infantil trabaja en actividades agropecuarias; mientras que un 27.7% lo hace en comercio, restaurantes y hoteles, y un 10.4% en la industria manufacturera, y un 3.1% en el área de servicio doméstico. La EHPM 2010 determinó además que la gran mayoría de niños y niñas, un 60.9% en total, trabaja sin remuneración en establecimientos familiares, y otros 21.68% fungen como asalariados temporales.

Otro dato interesante es que el 41.56% de la población infantil que trabaja no estudia; pero en el área urbana esto representa 43.08% y en menor magnitud en el área rural, con un 39.07%.

Por grupos de edad se observa que la mayoría tiene una edad entre 10 a 17 años, esto último, sustenta la hipótesis de que a medida que aumenta la edad, mayor es la probabilidad de incorporarse al mercado laboral.

Haciendo una comparación de los resultados de la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples de 2006, 2007, 2008, 2009 y 2010 observamos que durante los primeros años se evidenció un notable descenso en la población infantil y juvenil trabajadora, mientras que en 2008 vuelve a mostrar un incremento para nuevamente mostrar una reducción en 2009 y una más significativa en 2010.


Año
Total
Rango de edad / Años
5 a 9
10 a 14
15 a 17
2005 208,213 5.30% 43.80% 49.90%
2006 205,209 3.60% 42.00% 54.40%
2007 172,588 3.40% 43.70% 52.90%
2008 190,525 3.80% 46.30% 49.90%
2009 188,884 3.60% 41.70% 54.70%
2010 177,070 2.95% 39.95% 57.09%

Fuente: Encuestas de Hogares de Propósitos Múltiples años 2006, 2007, 2008, 2009 y 2010.
 

EL TRABAJO INFANTIL EN LA INDIA

La India tiene una población de 1.070 millones de habitantes con una extendida pobreza desde hace décadas, que actualmente alcanza a 450 millones de personas.
Aunque desde hace algunos años este país viene creciendo y desarrollándose económicamente y ganando mercados en el mundo, se pueden observar mejoras en la calidad de vida de muchas personas, pero aún falta muchos problemas por resolver. Uno de los más graves es el trabajo infantil que ha resurgido con gran fuerza desde hace 20 años justamente como una forma de potenciar la economía, abaratar costos y poder vender a nivel internacional a un precio mas competitivo.
Desde hace unos años y luego de escándalos muy resonantes de empresas multinacionales que explotaban niños para bajar costos y aumentar ganancias, el estado Indio comenzo a tomar medidas por las presiones de ONGS internacionales y organizaciones como Unicef, la OIT, entre otras para desalentar y disminuir el trabajo infantil.
Se legisló una ley que  prohibe que niños menores trabajen en ciertos actividades que son altamente peligrosa, se regula la cantidad de horas de trabajo, se busca eliminar la explotacion laboral infantil como el encierro, el maltrato, etc, entre otros benficios.
Hoy, hay según estimaciones de la OIT alrededor de 60 millones de niños menores de 14 años trabajan y buena parte de ellos en estado de casi exclavitud en diferentes sectores económicos en la India.
Las niñas son las que se encuentran en peor situacion ya que no solo trabajan muchisimas horas sino que tambien deben soportan abusos sexuales de sus empleadores.
De a poco se va avanzando en concientizar a las personas de que los niños no deben trabajar. Es importa cambiar la percepción de la sociedad sobre los derechos de los niños pero esto debe ser acompañado de medidas del estado para que los adultos puedan desarrollarse productivamente y puedan mantener sus familias y no se vean obligados a hacer trabajar a los niños.
Erradicar el trabajo infantil definitivamente de la India llevara tiempo pero con el esfuerzo del estado, la ayuda internacional es posible devolverle y evitar que más niños pierdan su infancia por tener que trabajar.

martes, 23 de julio de 2013

INFANCIA -BIRMANIA-ANTECEDENTES

WASHINGTON, 31 oct 2007 (IPS) - La dictadura militar de Birmania estará la semana próxima bajo el escrutinio de la comunidad internacional otra vez, a causa de sus prácticas de reclutamiento forzoso de niños soldado.

El Grupo de Trabajo sobre los Niños y Conflictos Armados del Consejo de Seguridad de la ONU se reunirá para considerar las evidencias sobre incorporación de niños al ejército, divulgadas este miércoles por la organización de derechos humanos Human Rights Watch (HRW).
"La brutalidad de la dictadura militar birmana va más allá de la represión de manifestantes pacíficos", dijo Jo Becker, activista por los derechos de los niños de HRW y autora del informe. "Los reclutadores militares literalmente compran y venden niños para enlistarlos en las fuerzas armadas", afirmó.
La investigación de 135 páginas se titula "Sold to be Soldiers: The Recruitment and Use of Child Soldiers in Burma" ("Vendidos para ser Soldados: El Reclutamiento y Empleo de Niños soldado en Birmania").
Con datos obtenidos en Birmania, China y Tailandia, el estudio revela cómo niños de hasta 11 años son forzados a enrolarse.

miércoles, 1 de abril de 2009

LA LUCHA POR UN BOLETO ESTUDIANTIL/ MARIA CLAUDIA FALCONE

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DOMINGO 16 de septiembre de 2007
Los lápices eran de colores

El 16 de septiembre de 1976 en un operativo en La Ciudad de La Plata, desaparecieron a seis estudiantes secundarios. Otros cuatro fueron secuestrados, en días posteriores, y torturados por los grupos de tareas de Ramón Camps, pero sobrevivieron. Su historia se ha convertido en emblema de lucha y resistencia para las generaciones más jóvenes.
Por ANRed - Sur

- DANIEL ALBERTO RACERO

" Calibre", 18 años. Hijo de un suboficial naval peronista que murió en 1973, trabajó desde pibe como mensajero. Cuando ingresó a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) del Normal 3 de La Plata, escribió: "Encontré una trinchera para luchar por una causa justa". Realizó labores de vacunación, recuperación de viviendas y apoyo escolar en barrios pobres y participó de la conquista del boleto estudiantil secundario. Secuestrado en la casa de Horacio Ungaro el 16 de septiembre de 1976 en Arana y Pozo de Banfield.

- MARÍA CLAUDIA FALCONE

16 años. Hija de un ex intendente peronista de La Plata, se sumó a la UES a poco de ingresar a Bellas Artes. Después de 1973 participó en tareas de apoyo escolar y de sanidad en barrios pobres de La Plata. En 1975 participó activamente en la campaña por el boleto estudiantil secundario. Secuestrada el 16 de septiembre de 1976 en la casa de su abuela paterna, fue vista en Arana y Pozo de Banfield

- MARÍA CLARA CIOCCHINI

18 años Alumna de colegios católicos, participó del scoutismo parroquial y en la UES de Bahía Blanca. Debido a los crímenes de la Triple A y la Concentración Nacional Universitaria (CNU) en esa ciudad, a fines de 1975 se mudó a La Plata donde se inscribió en Bella Artes y se fue vivir a la casa de Claudia Falcone. Fueron secuestradas juntas el 16 de septiembre de 1976. Fue vista en Arana y Pozo de Banfield.

- FRANCISO LOPEZ MUNTANER

"Panchito", 16 años. Hijo de trabajador petrolero peronista preso durante el Plan CONINTES que en el 73 se alineó con el sindicalismo ortodoxo. "Panchito" marchó contra la corriente familiar: era hincha de Gimnasia y militó en la UES de Bellas Artes. Junto a Claudia Falcone participó en trabajos voluntarios en barrios pobres y en la lucha por el boleto estudiantil en 1975. Secuestrado el 16 de septiembre de 1976, fue visto en Arana y Pozo de Banfield.

- CLAUDIO DE ACHA

17 años. Sus padres eran trabajadores con ideas de izquierda y tras el triunfo de Héctor Cámpora participó de la toma del Colegio Nacional por su democratización. Tímido y gran lector, se incorporó a la UES luego de la muerte de Perón. Como todos, participó en las manifestaciones por el boleto. Secuestrado el 16 de septiembre de 1976, fue visto en Arana y Pozo de Banfield.

- HORACIO UNGARO

17 años. De familia comunista, en el 74 rompió la tradición familiar y se sumó a la UES del Normal N 3. Gran lector y excelente alumno, participó de la lucha de la Coordinadora por el boleto estudiantil secundario . Realizaba tareas de apoyo escolar en la villa miseria ubicada detrás del hipódromo platense. Secuestrado el 16 de septiembre de 1976, fue visto en Arana y Pozo de Banfield.

Los chicos que sobrevivieron


Cuatro de los pibes que, entre el 16 y 17 de septiembre fueron secuestrados, lograron su libertad entre el 78 y el 80, tras estar a disposición del Poder Ejecutivo nacional (PEN).

- PABLO DÍAZ

18 años. Hijo de un docente universitario peronista de derecha, fue expulsado de un colegio católico y recaló en "La Legión". Había militado en la UES pero en 1976 militaba en la Juventud Guevarista. Secuestrado el 21 de septiembre de 1976. Estuvo en Arana, Pozo de Banfield, Comisaría 3 de Valentín Alsina y la Unidad 9 de La Plata a disposición del PEN hasta 1980.

- GUSTAVO CALOTTI

"Francés", 18 años. Egresado del Colegio Nacional de La Plata, era cadete policial cuando fue secuestrado 8.09.76. Había militado en la UES pero en 1976 ya se había desvinculado y estaba más próximo a agrupaciones de izquierda. Estuvo en Arana, Pozo de Quilmes, Comisaría 3 de Valentín Alsina y Unidad 9 de La Plata a disposición del PEN hasta 1979.

- EMILCE MOLER

17 años. Militante de la UES en la Escuela de Bellas Artes, era hija de un comisario inspector retirado. Secuestrada el 17 de septiembre de 1976. Estuvo en Arana, Pozo de Quilmes, Comisaría 3 de Valentín Alsina y Devoto a disposición del PEN hasta marzo de 1978.

- PATRICIA MIRANDA

17 años. Estudiante De Bellas Artes, nunca participó de las luchas por el boleto estudiantil ni tuvo militancia política. Secuestrada el 17 de septiembre de 1976, nunca hizo la denuncia. Estuvo en Arana, Pozo de Quilmes, Valentín Alsina y Devoto a disposición del PEN hasta marzo de 1978.

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viernes, 9 de mayo de 2008

EL TRABAJO DEL CHILOTE EN LA PATAGONIA ARGENTINA


Debates | 2004
América : identidades movidas - Dossier coordenado por Lea Geler y Evelyne Sanchez
Mariela Eva Rodríguez

¿Indígenas, obreros rurales o extranjeros?

Migraciones chilotas en la literatura de viajes de los años ‘30
[08/02/2005]

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señalar

1Desde una perspectiva que vincula la antropología y la literatura analizaré las percepciones de tres periodistas/escritores, uno argentino y dos chilenos, que en la década de 1930 se desplazan por la Patagonia y la describen textualmente para diversas audiencias: Francisco Coloane (Chiloé, 1910-2002), Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942) y Manuel Andrade Leiva, alias Mandrádel (Chiloé, 1896-1963). Estos viajeros ofrecen tres miradas alternativas sobre los trabajadores migrantes de la isla de Chiloé (Chile); una población vulnerable –explotada por los terratenientes y marginada por ambos estados- que históricamente desempeñó las tareas manuales más duras y fue víctima de diversos prejuicios y exclusiones. Si bien la situación padecida por los chilotes constituye un caso particular, ésta remite, no obstante, a una problemática general de desplazamientos intra-regionales e internacionales. El corpus analítico seleccionado –conformado por un cuento y dos compilaciones de crónicas- aporta información sobre las posiciones desde las que enuncian los autores, sus prejuicios y predilecciones, así como sobre las rutas migratorias de los chilotes, sus motivaciones y experiencias. A su vez, en el marco de un proceso de continuidades y rupturas entre diversas identificaciones –indígenas, chilotes, obreros rurales -estos textos ofrecen mapas identitarios superpuestos en los que la clase social, por un lado, adquiere preeminencia sobre la nacionalidad y las adscripciones étnicas, pero se yuxtapone en el mismo rango de importancia, sin embargo, con la identificación regional (en el caso de Coloane y Mandrádel) o urbana (en el caso e Arlt). El objetivo de este trabajo2 consiste, entonces, en analizar estas superposiciones –que dejan al descubierto el proceso mediante el cual los indígenas se vuelven invisibles, subsumidos en la categoría “fuerza de trabajo campesina”- y exponer los prejuicios raciales y nacionales –además de los de clase- que derivan de esta invisibilización vinculada al proceso de mestizaje.

2Coloane3, el primero de los autores, constituye una suerte de percepción mixta, la de un chilote que –al igual que Mandrádel- compartió con otros peones las faenas del campo en las estancias ganaderas patagónicas y luego ganó fama como escritor en Santiago. Su cuento4 De cómo murió el Chilote Otey” trata sobre la represión y la masacre contra los peones rurales de la provincia de Santa Cruz en el año 1921, ejecutada por el ejército argentino, bajo las órdenes del Teniente Coronel Varela. Arlt5, el segundo autor, ofrece una aproximación externa, la de un porteño que, en el verano de 1934, viaja a las provincias argentinas de Río Negro y Neuquen, enviado por el diario El Mundo, para el cual redacta sus crónicas con una frecuencia casi diaria. Buenos Aires es, en sus textos, no sólo su punto de partida, sino también su “aquí” epistemológico6. Finalmente, Mandrádel7 enuncia desde la posición de un “chilote orgulloso” que primordializa esta identidad. En 1937 emprende un viaje similar al de Arlt pero en un sentido inverso: parte desde una periferia urbana hacia una periferia rural y, a diferencia del primero, no viaja hacia un paraje que le resulta exótico, sino que retorna a su Chiloé natal luego de once años. A su regreso, el diario El Magallánico de Punta Arenas que lo había enviado como cronista no publica las notas. Utilizando insumos propios decide, entonces, editar sus escritos en una suerte de folletín bajo el título: Chiloé visto a vuelo de pájaro por uno de sus hijos.

3“Chilote”, tal como se desprende del primer párrafo, es un gentilicio que refiere a las personas nacidas en la isla de Chiloé; sin embargo, el término se vuelve polisémico incorporando un amplio rango de significados. La lucha de acentos (Voloshinov 1993) que interviene en estas definiciones revela una superposición entre identidades impuestas y autoadscripciones; clivajes8 en los que se conjugan posicionamientos de distinto tipo: rurales/ urbanos, regionales/ nacionales, de clase, étnicos y de género. En ambos países, la palabra “chilote” está cargada de significaciones que van desde lo positivo hacia lo exotizante y lo negativo. Así, por un lado, son reconocidos como “muy trabajadores”; una mano de obra con capacidad para el trabajo manual en situaciones climáticas extremas. Si bien muchos chilotes se desplazaron por sus propios medios, otros fueron reclutados por contratistas9 que viajaban a la isla convocándolos para desempeñar diversas tareas, tales como la recolección de frutas y la explotación minera en la zona cordillerana, los trabajos rurales en las estancias, la pesca en el atlántico, la construcción para los hombres en las ciudades y el trabajo doméstico para las mujeres. Su “exotismo”, por otro lado, radica en su riqueza simbólica, más precisamente, en leyendas, mitos e historias de brujería, transmitidas oralmente que producen cierta fascinación tanto para los chilotes como para quienes nacieron fuera de la isla y escucharon estos relatos. La caracterización preponderante, sin embargo, remite a estigmatizaciones racistas sustentadas en características fenotípicas particulares (en general piel oscura o rasgos asociados a los indígenas), bajo nivel de instrucción respecto de la educación formal y posición económica inferior.

4La isla es percibida como una región periférica respecto de la capital -Santiago de Chile- y, a su vez, los chilotes -sus habitantes- son considerados como seres particulares que, al cruzar las fronteras internacionales, se convierten en víctimas de la siguiente paradoja: comparten una identidad regional con los argentinos de la Patagonia, pero, por otro lado, son considerados como ciudadanos extranjeros y, a menudo, colocados bajo una lupa de sospecha. Por otra parte, la identidad de aquellas personas que en su lugar de origen se reconocen dentro de alguna comunidad indígena se diluye; es decir, al cruzar las fronteras estatales la identificación étnica se hace difusa convirtiéndose en chilenos/ chilotes.

5A través de discursos fragmentados –que producen textos semejantes a fotografías instantáneas de la marginalidad- estos autores denuncian al estado (tanto al chileno como al argentino) ya sea por su pasividad o por sus acciones. Por un lado, resaltan los olvidos y abandonos; es decir, su débil presencia respecto de la educación, la seguridad, la salud, las comunicaciones viales y la infraestructura en general, así como su ceguera ante la explotación –que se vuelve, en consecuencia, más descarnada. Por otro lado, es acusado por su participación activa en la represión de las huelgas y por su actitud cómplice con los terratenientes; una alianza que desestructuró la organización civil sindicalizada en el área rural patagónica inhibiendo su posterior rearticulación.

¿Obreros rurales o extranjeros?: clase e identidad nacional

6Los tres autores seleccionados exaltan los antagonismos que emanan de las relaciones sociales de producción capitalista. El cuento de Coloane, por ejemplo, ilustra este antagonismo entre “estancieros” –propietarios de la tierra, del capital y de los medios de producción, unidos en forma de sociedades anónimas, que se apropian no sólo de la plusvalía sino también del jornal completo de los trabajadores-10, por un lado, y peones rurales –domadores de potros, esquiladores, capadores de corderos, troperos y jinetes, conocedores del territorio- que venden su fuerza de trabajo como asalariados, por el otro. La pregunta de Otey, el protagonista del cuento, y la respuesta de uno de sus compañeros sintetizan los puntos que desencadenaron el conflicto en la provincia de Santa Cruz11.

7Al enumerar la lista de los irrisorios pedidos demandados por los huelguistas, Coloane eleva su voz contra las injusticias cometidas por los terratenientes. Algunos años antes, en 1898, en su viaje a Santa Cruz y Tierra del Fuego, Roberto Payró entrevista a un trabajador rural. Éste manifiesta que ciertos estancieros se aprovechan de los peones “pagándole con vales que sólo tienen curso en su establecimiento –un boliche con bebidas y un poco de ropa, en que se quedan todos los salarios, por crecidos que sean” (1982 [1898]:110). Poco tiempo después del episodio sangriento, José María Borrero publica La Patagonia Trágica constatando que la situación de los peones no había cambiado demasiado o que, en realidad, había empeorado12.

8El viaje de Arlt, más al norte y unos años más tarde (trece años después de las huelgas), transcribe la voz de un peón que resuena en estos reclamos. Las problemáticas que afectan a los trabajadores rurales patagónicos parecen, a sí mismo, reproducirse con cierta similitud a uno y otro lado de la cordillera, en el lapso de tiempo acotado en estos textos. Este autor no menciona explícitamente si existen o no organizaciones agrarias. Sin embargo, por las denuncias que realiza, se entiende que la desprotección de los peones rurales es total “limitándose . . . a trabajar por el sustento” (126)13.

9Coloane, por un lado, utiliza el diálogo directo y, al transformar un relato oral en ficción escrita, libera la fantasía de escuchar a los propios peones. Arlt y Mandrádel, por otra parte, recurren a la narración en primera persona erigiéndose como voceros de estas masas campesinas: Arlt se posiciona como un observador externo, Mandrádel, en cambio, enuncia desde su filiación laboral, un trabajador manual con inquietudes intelectuales que se constituye en una suerte de intelectual orgánico. Éste último, concretamente, llama la atención sobre: a) el abuso por parte de los grandes empresarios e intermediarios de Chiloé, que compran las cosechas de papas a precios irrisorios y obtienen por la venta un beneficio altamente significativo, b) las relaciones paternalistas entre las elites locales y los campesinos, c) el mal trato que reciben éstos en las barreras aduaneras internas y d) las empresas navieras que hacen el tramo Chiloé-Punta Arenas, por los costos de los pasajes -“tan caros como un hotel de primera en Santiago”(10)- en relación con los servicios que ofrecen. Expone que los pasajeros de tercera clase “duermen hacinados en literas sin colchón. No tienen comedor, ni una mesa en que servirse” (9); palabras que participan del juego intertextual con las demandas que condujeron a la huelga del país vecino, en la década del ’20.

10La clase social parece constituir un aglutinador más poderoso que la nacionalidad desde el punto de vista de los terratenientes, desde la perspectiva de los mismos peones rurales y, paradójicamente, desde ambos estados. A continuación desarrollaré estos tres puntos.

11En primer lugar, los latifundistas británicos –que constituía la mayoría- no hacían distinciones entre el trato que daban a sus compatriotas y el que daban a los peones de otras nacionalidades. Borrero comenta la escasez de trabajadores argentinos explicando que los contratistas los rechazaban porque tenían mayores exigencias que los extranjeros y porque estos últimos, a su vez, debido a su situación altamente vulnerable14, resultaban más fáciles de engañar. Este autor denuncia que “la explotación del trabajador ‘por los ingleses’ en Santa Cruz no puede ser más despótica y humillante para los trabajadores” (165) e informa que los chilenos constituían la segunda mayoría15.

12También Arlt realiza comentarios sobre la composición de la población e, incluso, aclara que “la peonada de las estancias es chilena en su casi totalidad; los capataces también” (99). En el fragmento que habla sobre la escuela de Bariloche, nos informa que “el 70% de estas criaturas descalzas, tuberculosas y taradas, es hija de padres chilotes, peones que cruzaron la cordillera y se establecieron en esta parte del país” (125); palabras que repican en las de Roberto Payró, quien define a la región como “Una tierra argentina poblada por peones chilenos” (1982: 54). Resulta interesante apuntar que los referentes de los términos “extranjeros” y “pioneros” están reservados para los inmigrantes europeos, poseedores de los capitales y de los medios de producción. Frente a este grupo, se encuentran, según el autor, las “masas trabajadoras constituidas por chilenos” –a las que menciona como “clase trabajadora” (127)- que vende su fuerza de trabajo.

13Esta “masa trabajadora”, en segundo lugar, es interpelada en términos de clase, en tanto obreros rurales que, durante la huelga que describe Coloane, viven una experiencia de communitas; es decir, un una situación emocional intensa de experiencia identitaria, de cohesión y fraternidad horizontal que se impone sobre otras posibles identificaciones y las torna irrelevantes durante este lapso temporal16. Esta experiencia no se vincula sólo con la interpelación, sino también con el movimiento. Al igual que en el caso de Varela, la primera etapa está caracterizada por lo verbal –la redacción del “pliego de peticiones” y la decisión de ir a la huelga-, la segunda, en cambio, gira en torno a la acción: el enfrentamiento con el ejército, la fuga y el tiroteo final.

14Esta cohesión se fragmenta, sin embargo, cuando Otey es marcado desde la identidad nacional/ regional, momento en que uno de los huelguistas lo acusa diciéndole:

“¡chilote tenía que ser!” (99), mote en el que subyace la descalificación “apatronado” (101) que lo hiere profundamente “como si hubiera recibido un violento latigazo” (99).

15El desenlace final presenta una figura inversa al estigma: Otey decide quedarse a enfrentar las huestes de Varela sabiendo que encontrará allí la muerte. El pico de intensidad ocurre cuando se arranca el disco blanco que le habían colgado en el pecho y le grita al pelotón de fusilamiento: “¡aprendan a disparar, mierdas!” (108); momento en el que el sobreviviente que cuenta la historia logra escapar y Otey trasciende la muerte convirtiéndose en el héroe del relato.

16El tropero que descalifica a Otey lo hace a partir de una esencialización de lo chilote; un prejuicio que, mediante razonamiento inductivo, establece generalizaciones a partir de casos particulares, indiferente al “salto” que implica el pasaje desde el enunciado “algunos chilotes” hacia la conclusión “todos los chilotes”. Debido a que en ningún momento se mencionan detalles acerca de quién es el tropero, no es posible determinar cuál es la posición desde la cual discrimina a Otey. Las opciones parecen polarizarse en dos posibilidades: a) que fuera argentino y lo descalificara por ser chileno, b) que fuera chileno y lo descalificara por ser chilote.

17En el primer caso, debido a la tensión histórica entre ambos países, sería posible pensar que el tropero es argentino y no de otra nacionalidad. Además, aunque no podría determinar con precisión si en aquella época se utilizaba el término “chilote” como genérico para referirse a los chilenos –procedimiento mediante el cual se invierte la taxonomía país/ región subsumiendo la categoría más amplia en otra más restringida-debido a la frecuencia con que tal nominación se escucha en el presente, podría conjeturar que esta práctica tiene cierta profundidad temporal. El siguiente fragmento –en el que Bayer ficcionaliza el discurso de Varela- ilustra esta tensión entre lo nacional y lo extranjero (asociado a la ideología comunista17) y, más precisamente, entre la valorización de lo argentino y el desprestigio de lo chileno/ chilote18.

18La segunda opción también es viable. Dentro de Chile son percibidos como una población con características particulares que se diferencia del resto del país; ya sea porque son considerados como seres exóticos “aislados”, adeptos a prácticas que vinculan lo cotidiano con el mundo sobrenatural, o por la forma de vida campesina en la que se amalgaman componentes indígenas, pobreza y bajo nivel de instrucción.

19Podría existir, sin embargo, una tercera opción: que el tropero fuera de cualquier país y que la descalificación proviniera de una generalización que asume, por un lado, que todos los habitantes de Chiloé son sumisos y, por el otro, que el dinero les resulta prioritario y está considerado como un valor superior a la solidaridad entre pares19. En este caso, el término “apatronados” ofrecería la clave para dar cuenta de un posicionamiento basado en la clase social. Este es el caso de Mata Negra, a quién sólo conocemos como el delator que traiciona a sus compañeros al aliarse con los patrones y, con esta actitud, no sólo quiebra la cohesión de la communitas, sino que también disminuye las posibilidades del triunfo de los huelguistas.

20Mientras que Otey afianza su identidad chilota tímidamente, Mandrádel lo hace con mayúsculas, como si fuera un grito cuyo eco se repite textualmente y se prolonga en los puntos suspensivos: “CHILOÉ. Provincia de Chiloé...” (3). Es decir, primordializa esta identificación invirtiendo la estigmatización negativa que recae sobre el gentilicio, a favor de una valoración positiva reafirmada con orgullo. De este modo, las marcas estigmatizantes de una identidad deteriorada son opacadas a la luz de otros rasgos que luchan por habilitar, de acuerdo con Goffman (1993), una aceptación social plena. En el discurso de Mandrádel, Chiloé adquiere un significado amplio más allá de un nombre asociado a un espacio geográfico; significante pleno de sentido, Chiloé se vuelve acción afirmativa, rasgo distintivo desde el cual se enfrenta en Punta Arenas con la sociedad local.

21Entonces, en el caso de los huelguistas, podemos observar que la clase cobra preeminencia sobre la nacionalidad en primera instancia pero, al analizar en detenimiento la enunciación “¡chilote tenía que ser!” es posible concluir que la clasificación basada en la clase social se superpone con la identificación nacional/ regional así como con prejuicios racializados.

22Veamos, por último, la relación entre la clase social y el estado. En el cuento de Coloane, éste se presenta corporizado en la figura del teniente coronel Varela, cuya presencia permite establecer una analogía con los gobernadores locales20: en primer lugar, muchos de los gobernadores no eran civiles sino que, al igual que él, pertenecían a las fuerzas armadas; en segundo lugar, habían realizado el mismo periplo –desde Buenos Aires hacia la Patagonia, un desplazamiento coherente con la política centralista cuyo eje es la Capital Federal y, en tercer lugar, desempeñaron un rol semejante, ya que, en teoría, ambos debían operar como mediadores entre el estado y los capitalistas, así como entre éstos últimos y los obreros. En la práctica, sin embargo, lejos de ejercer decisiones autónomas, los gobernadores respondieron a los condicionamientos del gobierno nacional así como a los de las sociedades ganaderas. Varela, por otra parte, vocero y brazo armado del estado, al igual que éstos, se alía con los extranjeros propietarios de las haciendas asesinando a los huelguistas sin discriminación de ciudadanía.

23A medida que los conflictos se agudizaron, las medidas de control se hicieron más severas llevándose a cabo detenciones, expulsiones e instalaciones de destacamentos policiales en zonas estratégicas reforzadas por patrullas volantes. Más específicamente, en 1919 se firmó un convenio de cooperación entre las policías fronterizas, que ratificaba la cooperación existente entre los gobiernos argentino y chileno, frente a la posibilidad de estallidos sociales. Este convenio –cuyo encabezado dice “Convenio sobre Policías –República de Chile– Ministerio de Relaciones Exteriores”- planteaba:

Acordar medios convenidos para obtener en la región fronteriza de ambos países la mayor seguridad posible para la vida e intereses de los pobladores,

salvaguardándolos de las impulsiones de cuatreros y otros malhechores” [El

convenio enunciaba lo siguiente:] 1) queda establecida la recíproca cooperación entre las autoridades de la Policía Fronteriza de ambos países, los que deberán . . . impedir que los delincuentes perseguidos pasen las fronteras y se internen en el país vecino . . . 2) las referidas policías quedan autorizadas a penetrar en el interior del país vecino para continuar la persecución.

24El trabajo mancomunado entre las fuerzas de seguridad chilenas y argentinas refuerzan la hipótesis de que, en determinados momentos –y a pesar de las continuas pujas territoriales entre ambos estados– la pertenencia de clase primaba por sobre la identificación con la nación. Es decir, de acuerdo con Althusser, parecería que los aparatos represivos de ambos estados actuaban conjuntamente para asegurar, por la fuerza, las condiciones políticas de reproducción de las relaciones sociales de producción. La polarización “pobladores” amparados por la “policía fronteriza” versus “cuatreros”, “malhechores” y “delincuentes” que buscarán traspasar la frontera parece remitir a la dicotomía “dueños de la tierra”/ “peones golondrina”21.

25Explorando el archivo histórico de Santa Cruz, para obtener información sobre la población indígena, me sorprendió notablemente que los temas de los documentos más antiguos –expedidos a finales del siglo XIX y principios del XX por las fuerzas de seguridad- hacían alusión al robo de ganado, al alcoholismo y a la vagancia de los grupos tehuelche y mapuche que esporádicamente se conchababan en las haciendas. Estos informes planteaban la necesidad de controlar las fronteras y establecer la nacionalidad de los sospechosos para discernir si se debían aplicar las normas del estado chileno o del argentino. Algunos años más tarde, los textos redactados durante la época de las huelgas, culpaban a los chilenos que ingresaban ilegalmente al país por generar desocupación, deambular por las estancias, concentrarse en núcleos urbanos marginales, padecer de un deficiente estado sanitario y poseer bajo nivel de instrucción; palabras que resuenan en el modo en que estas fuentes describían a los aborígenes.

26Mientras que el estado perseguía a los “contrabandistas” en pequeña escala, hacía caso omiso de las entradas y salidas de ganado por parte de los estancieros. El control aduanero para el ingreso y egreso de capitales fue lo suficientemente laxo como para dejarse burlar fácilmente. Borrero menciona que algunas estancias estaban instaladas sobre la línea fronteriza; una paradoja que contrariaría los principios de soberanía estatal por la cual ambos estados mantenían una tensión que algunas veces se presentaba implícitamente y en otras oportunidades alcanzaba visibilidad. En algunos momentos la falta de control llegó a institucionalizarse, como por ejemplo en 1899, cuando el presidente Roca viaja al estrecho de Magallanes para encontrarse con el Presidente Errázuriz movido por el interés de hallar una solución pacífica a los problemas limítrofes22. En esa ocasión Roca invitó a los empresarios y ganaderos magallánicos a instalarse en el territorio argentino asegurándoles la eliminación de las aduanas.

¿Obreros rurales o indígenas?: clase, etnicidad y mestizaje

27En el cuento, Coloane presenta una suerte de fusión o continuidad entre los conocimientos de los tehuelche –apropiados por el estado como los “indios argentinos”-y los trabajadores rurales al mencionar prácticas, lugares, eventos y datos “sólo por los indios tehuelches y ellos conocidos” (94), ocultos para los ojos de sus enemigos. Mientras que en este pasaje sólo menciona a los tehuelche, sobre el final del cuento, cuando Rivera logra escapar del fusilamiento y cruzar la cordillera, el autor refiere a “una superstición india” sin ofrecer información que remita a algún grupo étnico en particular23.

28Mandrádel, por otro lado, también crea una continuidad entre los indígenas y los campesinos. Refiere a los primeros como “los indios chilotes” –uniformando la diversidad étnica en un todo homogéneo- y los ubica en un pasado lejano, desaparecidos de su presente. Este autor, subsume a las identidades indígenas bajo la clase social y, así, invisibiliza a los pueblos originarios en el registro escrito convirtiéndolos en fuerza de trabajo campesina. El discurso que subyace en su texto parece estar ligado al marxismo ortodoxo que concibe a las identidades étnicas como “falsa conciencia;” un abordaje que ha consumado la disolución de lo étnico en las estructuras capitalistas. Es decir, no ha considerado la articulación particular entre etnicidad, clase y nacionalidad en distintas formaciones sociales, ni las formas diferenciadas de explotación que resultan del colonialismo interno en el marco de las relaciones campo-ciudad24.

29En un sentido inverso, Arlt, resalta que la mayor parte de la población tiene fisonomía indígena, procede de Chile y vive en la indigencia. Explica, entonces, que el gentilicio “chilote” adquiere una carga de valor negativa, detrás de la cual se esconden no sólo prejuicios de clase, sino también raciales y, de este modo, expone la racialización de las desigualdades de clase dando un paso más allá de las observaciones de Mandrádel; observaciones que resultan novedosas y provocativas, incluso en el presente25.

30Por un lado, Mandrádel enuncia desde una mirada urbana –supuestamente racional, neutral y universal- y, simultáneamente, reacentúa e invierte los elementos del discurso evolucionista para reafirmar la identidad chilota caracterizada por una forma de vida rural, “mágica.” De este modo, al intentar fusionar dos perspectivas antagónicas produce un discurso contradictorio. Las características que atribuye a los “indios chilotes” son presentadas como una “influencia civilizadora” que éstos ejercieron sobre los españoles26. Sin embargo, modaliza la afirmación con la expresión “hasta cierto punto”: “no se libraron así no más de su influencia hasta cierto punto civilizadora, que ejercieron los indios sobre sus propios conquistadores” (28). Por otro lado, a través de la voz de la ciencia explica que estos relatos –a los que califica como “absurdos”- son un resultado negativo del mestizaje; una fusión en la que los españoles son presentados como fanáticos y los indígenas como seres fantasiosos con capacidades mentales inferiores: “Culpan de ello al origen racial, o sea la fusión del fanatismo español con la mente estrecha y fantástica del indio . . . aún pasarán muchos años antes que desaparezcan definitivamente estos absurdos” (25). Frente a quienes creen en estas narrativas se encuentran los incrédulos, “aquellos de instrucción sólida y superior” (26) entre quienes se incluye, implícitamente. Su evaluación negativa respecto de la “mezcla” se contradice con la mirada que ofrece en un cuento en el que habla a través de la voz de un caballo llamado Perico: “Soy un convencido de la eugenesia, o sea de las cruzas de las razas, y un enemigo declarado y un rebelde al llamado de la voz de la sangre” (79).

31De acuerdo con Nancy Stepan (1991), el término eugenesia –inventado en 1883 por Francis Galton- proviene del griego eugenes que significa “bien nacido”. La eugenesia remitía al “mejoramiento de la descendencia” mediante las leyes de la herencia, y promovía la reproducción biológica de ciertos individuos (“los más aptos”) a expensas de otros (“los menos”). Hacia la década del ’30, según comenta la autora, muy pocos países latinoamericanos escaparon a esta ideología legitimada científicamente y, en la medida en que los conflictos sociales se radicalizaron, el movimiento eugenésico se volvió más extremo, machista y racista vinculando sus principios con la idea de saneamiento, purificación, unidad, orden y progreso de la nación. Mientras que

The Mexicans praised racial hybridization as itself form the eugenization that

would help consolidate the nation around the mestizo; the Argentineans

condemned racial and cultural intermixture as threats to the unity of an Argentine

nationality. In both cases, the eugenists aimed to use hereditary science to

produce a biologically consolidated nation (106).

32La posición de Mandrádel, asumida en la última cita, se asemeja a la “raza cósmica” que proponía José Vasconselos para el estado mexicano; una raza “superior”, mestiza. Esta postura, simultáneamente, admite y niega a la población indígena; es decir, pondera su “aporte” en la medida en que se adapten a la modernidad, pero los rechaza en el caso de que continúen con sus prácticas tradicionales.

33Coincidiendo con una de las posiciones de Mandrádel, Arlt se muestra atraído por la zona de frontera disfrutando de las mezclas que la región ofrece, sin intentar buscar categorías “puras.” Por otro lado, enunciando desde la posición de un sujeto urbano “civilizado,” realiza una manifestación similar a la del autor chilote. Se dirige a un “público medianamente culto” (79), frente al cual se encuentra la gente “ignorante,” “sencilla” y “crédula” que se deja llevar por “disparates.” “Disparates” es el término con el que refiere a la medicina tradicional, un aspecto que el autor descalifica desde un prejuicio desinformado27. Si por un lado se burla de la ciencia (especialmente de los exploradores científicos del siglo XVIII y XIX), por otro, la retoma para legitimar sus posiciones.

34La voz de estos dos autores participan del juego polifónico que hace eco en los discursos de Domingo F. Sarmiento, particularmente en el Facundo, publicado en 184528. Sarmiento fue el principal mentor y divulgador local de la disyunción “civilización o barbarie” sobre la que se asienta tanto la estructura jurídico-administrativa como el imaginario nacional de los estados del Cono Sur. Para este autor, la “mezcla” de grupos humanos que se da en América Latina produce un resultado nocivo. La siguiente cita de Facundo sintetiza su posición: “de la fusión de estas tres familias [española, negra, indígena] ha resultado un todo homogéneo, que se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidad industrial” (28). Uno de los tres grupos, sin embargo, recibe la mayor responsabilidad. Sostiene, entonces: “Mucho debe haber contribuido a producir este resultado desgraciado la incorporación de indígenas . . . incapaces, aún por medio de la compulsión, para dedicarse a un trabajo duro y seguido” (29). Su solución consiste en reemplazar a estos seres humanos por otros de origen sajón o germano. Mediante una serie de preguntas retóricas, presenta a la inmigración europea y al país, como elementos complementarios e interdependientes: mientras que Argentina tiene un territorio vacío, “desierto,” y necesita ayuda industrial y científica; Europa, en contraste, tiene un exceso de población y desea habitar este territorio29.

35La propuesta de Sarmiento se plasmó en el artículo 25 del texto constitucional redactado en 1853 en el que se plantea “fomentar la inmigración europea”. Posteriormente, se reglamenta la ley Avellaneda de 1876, en la cual se define como inmigrante a “todo extranjero . . . que llegue al país para establecerse pagando pasaje de segunda o tercera clase,” fragmento en el que se entiende que la inmigración deseada es transoceánica30. Dentro del marco de este paradigma, los indígenas representaban la “barbarie” y el atraso del país y, en consecuencia, debían ser “reemplazados”; el General Roca, con su “campaña al desierto”, lleva a cabo la tarea entre 1879 y 188531. Los aborígenes se habían vuelto un estorbo y poco a poco la tierra de la cual vivían se había transformado en propiedad privada; el ganado lanar –fuente de la riqueza regional en aquella época- los estaba reemplazando32. El “desierto”, a su vez, lejos de ser infértil, resultó muy apetecible tanto para los militares que allí se dirigieron como para los civiles que apoyaron la “campaña”.

36En la época en al que Arlt y Mandrádel realizan sus viajes, el historiador chileno, Armando Braun Menéndez, publica Pequeña historia magallánica (1937); un texto plagado de loas para Roca en el que, de acuerdo con esta tradición, también lee el espacio patagónico como “desierto” y retoma las metáforas bélicas. Los aborígenes son caracterizados, así, como enemigos despóticos del gobierno autoerigido en el rol de “libertador” y “conquistador” que logra “recobrar la dignidad”: “Encabezando la columna libertadora entró en el desierto y lo conquistó sobre el indio. Desde ese día terminaron los malones y la degradante repartición de honores y raciones a los caciques para asegurar sus voluntades. El gobierno recobró ante el indio la dignidad perdida” (1969 [1937]: 158); la misma “dignidad” que “recupera” luego de los fusilamientos de los huelguistas.

Palabras finales

37Aunque el análisis aquí desarrollado se circunscribió a la década del ’30 y a las percepciones de los tres autores presentados, este trabajo abre por lo menos tres áreas a desarrollar en el futuro: a) una comparación entre el marco jurídico de ambos estados respecto de la situación de los indígenas, que incluya el proceso de mestizaje y la invisibilización/ visibilización33, b) la organización de la sociedad civil en ambos países –en particular la sindicalización de los obreros rurales y las agrupaciones indígenas-desde una perspectiva temporal más profunda que llegue hasta el presente y c) el contraste entre los diversos modos de percibir a los chilotes tanto en Chile como en Argentina (en las capitales nacionales34 así como en la Patagonia en otras épocas) incluyendo la perspectiva del género sexual.

38Los tres discursos analizados enuncian desde la clase social denunciando la necesidad de un proyecto social y político más inclusivo que considere a los grupos excluidos. No obstante, mientras que Otey y Mandrádel construyen su identidad sobre el doble eje clase/ región de Chiloé, Arlt hace hincapié en las desigualdades de clase pero se identifica principalmente con su experiencia capitalina. En ambos casos, la “patria chica” –las calles de la ciudad o los archipiélagos de la isla- se vuelve un punto de referencia destacable para sus enunciaciones.

39De acuerdo con Comaroff y Comaroff (1992), la conciencia étnica,“product of historical process which structure relations of inequality between discrete social entities”(55), “has its origins in the asymmetric incorporation of structurally dissimlar groupings into a single political economy”(54), es decir, en una división social del trabajo particular en la que uno de los grupos posee el control de los medios de producción y reproducción. De este modo, afirman los autores, “the dominant grouping constitutes both itself and the subordinate population as classes” (56). Esta parecería ser la situación respecto a la incorporación de la población rural de Chiloé como mano de obra barata en las estancias inglesas. Sin embargo, ocurre que, entre los peones rurales explotados, también se encuentran ingleses y personas de otras nacionalidades y, en consecuencia, las clasificaciones se tornan complejas. Más precisamente, se superponen diversos sistemas de clasificación e identificaciones que en algunos casos –como pudimos observar- los propios actores sociales enfatizan y refuerzan en sus enunciaciones (autoadscripciones), y que, en otros, desearían descartar y olvidar (adscripciones impuestas). En este sentido, además de la clase social, opera también una atribución de identidades basada en un parámetro regional; marcaciones ajenas a los propios sujetos involucrados en las que subyacen prejuicios xenófobos (de acuerdo con los cuales los chilenos son considerados inferiores) y raciales (en los que se escinde a un grupo de chilenos en particular: los que tienen procedencia rural, bajo nivel de instrucción y fenotipo indígena, y son rotulado como “chilotes” más allá de que efectivamente hayan o no nacido en la isla).

40Las observaciones que he realizado en la provincia de Santa Cruz –entre el año ’96 y el presente-, me permiten constatar que los chilotes continúan siendo una población vulnerable: al mismo tiempo que desempeñan las tareas manuales más duras se convierten en el blanco de diversas estigmatizaciones. La dicotomía entre los dos tipos de inmigración –la europea, deseada y ponderada, y la limítrofe, negada y rechazada- aún permanece vigente en el imaginario nacional trasladándose con su campo semántico hacia las provincias patagónicas bajo la forma “argentinos ‘descendientes de europeos’” versus “chilenos/ chilotes.” La inferioridad que se le adjudica al segundo elemento del par remite a un tipo de discriminación que conjuga nacionalidad, clase y etnicidad marcando en el cuerpo la diferencia; una discriminación en la cual resuenan ecos del pasado colonial legitimado en el discurso civilizatorio, relaciones de explotación capitalista y migraciones transnacionales.

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Notas

1.

2 Este ensayo es parte de un proyecto más amplio en el que analizo la construcción del estado como resultado de una triple frontera: una frontera interna, que separa a las capitales del resto del país, una frontera externa entre Chile y Argentina, y una frontera superpuesta a las otras dos, que polariza la división entre dos mundos: uno “civilizado” –representado por el ciudadano “estándar”; imagen del “sujeto nacional” erigida como neutral o “no marcada”- y otro conformado por los excluidos de esta categoría –“los otros internos” de acuerdo con Claudia Briones (1998).

3 Luis Alberto Mansilla inscribe a Coloane como “una de las principales figuras de la generación del ‘38” gracias al éxito que obtuvo, especialmente, con “El último grumete de la Baquedano”, “Los Conquistadores de la Antártida” y “Cabo de Hornos” (1996:8). Aunque Coloane recibió el premio nacional de literatura en el año 1964, sus narraciones quedaron relegadas al ámbito escolar, catalogadas como “simples, sin demasiada erudición”. En la introducción a los Cuentos completos, José María Guelbenzu defiende esta literatura de aquellas voces que la acusan de ser “un tanto primitiva” diciendo que “Coloane realiza uno de los ejercicios más difíciles del estilismo: operar con extrema concisión” (1999: 12). En los últimos años, el interés de ciertos círculos franceses en su obra reavivó la relectura de sus textos desde otra perspectiva y, a su vez, la inminente aproximación de la muerte, lo colocó –luego de los noventa años de edad- en la posición de “mito viviente”, receptáculo de homenajes diversos. El fallecimiento del “amigo de Neruda,” del narrador que denunció las injusticias padecidas por los trabajadores migrantes de la Patagonia y llamó la atención sobre la isla que Santiago abandonó al olvido o al exotismo cierra un capítulo: el de un Chile comprometido con las reivindicaciones sociales; un Chile lejano, desaparecido.

4 El texto se puede encontrar en la siguiente dirección: http://www.letras.s5.com/coloane020702.htm

5 Roberto Godofredo Christophersen Arlt (Buenos Aires, 1900-1942), es uno de los escritores favoritos de las nuevas generaciones de críticos literarios argentinos. Hijo de padres inmigrantes (madre italiana y padre alemán), Arlt absorbe en su escritura los cambios sociales, políticos, económicos y tecnológicos que afectaron a la primera mitad del siglo XX. Omar Borré (2000) informa a sus lectores que a los nueve años Arlt fue expulsado de la escuela a causa de su rebeldía y que, desde allí en adelante, la calle y las librerías fueron su mayor fuente de información. Luego de atravesar periodos de penurias económicas comienza a trabajar como periodista. Recorrió el interior de Argentina, Uruguay, Brasil, España, Marruecos y Chile y, en cada uno de estos sitios, encuentra inspiración para sus aguafuertes (notas descriptivas similares a las observaciones etnográficas que realizan los antropólogos pero, a diferencia del antiguo “ideal” de éstas últimas, las de Arlt están cargadas de ironía, subjetividad y estereotipos). Fue un escritor prolífico y, además de las aguafuertes, escribió diez obras de teatro, cuatro novelas y varios cuentos.

6 Observar implica necesariamente interpretar y, en este sentido, los viajes son, de acuerdo con Margarita Zamora (1993), no sólo una experiencia (concreta, empírica), sino también una estrategia epistemológica hermenéutica (abstracta).

7 Manuel Andrade Leiva, “Mandrádel, el chilote,” como él mismo decidió apodarse, fue peón rural y se formó en “la calle” como periodista. Al cumplirse los ciento cincuenta años de la fundación de la Ciudad de Punta Arenas sale a la luz una recopilación de sus artículos, publicados en diarios y revistas magallánicos, que devuelve a la memoria colectiva la presencia de un escritor olvidado: Mandrádel, el chilote (Mitología, folclore, cuentos y crónicas de Manuel Andrade Leiva). Aunque ganó varios concursos y escribió dos libros de cuentos (Pa...Thagon, publicado en Buenos Aires por la editorial TOR en 1938 y otro cuyo manuscrito se extravió) este autor es desconocido fuera de Punta Arenas; lugar en el que gracias a la reedición de Carlos Vega Delgado, cobró cierta vigencia en esta ciudad. El libro se vende envuelto con una cinta de papel en la que se puede leer la siguiente leyenda: “En homenaje al sesquicentenario de la migración chilota en Magallanes” (1843-1993).” De este modo, la identidad chilota se afirma en la ciudad más austral del continente americano y presiona a la historia oficial para incluirse como pionera de la región. En la biblioteca Nacional de Santiago de Chile, sólo hallé su crónica.

8 clivajes: propiedad que tienen los cristales de separase en planos a causa de una presión. Estos planos de clivaje son normales al mínimo de cohesión. El vocablo se utiliza en las Ciencias Antropológicas para describir relaciones sociales que –en el proceso de marcación de identidades– provocan disyunciones. Así, se conforman grupos cuya cohesión se sustenta en una supuesta homogeneidad –ya sea ésta etaria, de género, étnica, o de otros tipos– frente a lo que queda enmarcado como alteridad.

9 Aunque en 1929 habían transcurrido casi diez años desde el estallido social, el diario La Vanguardia menciona que, para resolver las crisis económicas, las sociedades anónimas y los establecimientos ganaderos más importantes contrataban mano de obra barata proveniente de Chile. Se habla de un “contratista” que reclutaba peones en Chiloé “y que tiene acaparado el trabajo de esquila en todas las estancias del Sud del Río Santa Cruz” (Mirna Hudson 2000).

10 La alta concentración de la propiedad de la tierra determinó, según Lafuente (1981), una estratificación muy marcada de la sociedad local.

11 “Y todo fue por el pliego de peticiones... pedíamos cien pesos al mes para los peones y ciento veinte para los ovejeros... . . . También se pedían velas y yerba mate para los puesteros, colchoneta en vez de cueros de oveja en los camarotes, y que se nos permitiera más de un caballo en la tropilla particular... Pero parece que había otras cosas todavía... En el Coyle, compañeros con varios años de sueldo impago y que habían mandado a guardar el dinero de sus guanaqueos, fueron fusilados y esa plata se la embuchó el administrador. A otros les pagaron con cheques sin fondo y se quedaron dando vueltas en las ciudades” (104).

12 Así explica: “Estaban condenados a trabajo continuo, con prohibiciones de todo género. A determinada hora debían acostarse. No podían hacer reuniones de ninguna clase. . . el mejoramiento de la comida [era] una de las principales conquistas a realizar . . . ninguno de los camarotes tenía colchón ni jergón . . . Cada trabajador debe “proveerse de velas” para alumbrar su habitación. La estancia “les vende” cada paquete de cuatro velas, de las que en Buenos Aires valen cinco centavos cada una, a razón de ochenta centavos el paquete” (Borrero 163-166).

13 “La plata se ve pocas veces porque nos pagan con vales, y los vales no se pueden cobrar porque a uno le dieron antes mercadería. Hay estancias, por ejemplo ésta donde yo trabajo, en que no se ve dinero nunca. La plata no alcanza ni para vestirse. Cómo uno no va a andar rotoso y sucio . . . Aquí donde estoy yo no hay día que no se trabaje de sol a sol. No respetan ni los domingos, señor”. Esta cita no está en el libro editado por Simurg, sino en otro escrito por Raúl Larra (1983: 92). Salió publicado por primera vez en “Apuntes fragmentarios de la vida en el sur,” Actualidad, 1ero. de mayo de 1934.

14En el preámbulo del documento de Naciones Unidas, aprobado en 1990, titulado “Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos Humanos de todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares” se menciona la “situación de vulnerabilidad” que tales trabajadores padecen con frecuencia y que atañe no sólo a las condiciones de empleo, sino también a la esfera jurídica, educativa, sanitaria, social, etc. Con el fin de precisar el término, Jorge Bustamante (1998) retoma las palabras de Mary Robinson (ex Alta Comisionada por los Derechos Humanos de Naciones Unidas): “One lesson we need to learn, and to reflect in our approach, is that the essence of rights is that they are empowering” (Human Rigth n°1 winter 1997/ 1998). Este autor, define, entonces, “vulnerabilidad” como una consecuencia de la “ausencia de poder.” Expresa que las migraciones internacionales, por un lado, son resultado de una combinación de causas tanto endógenas como exógenas. La vulnerabilidad, en cambio, es un fenómeno endógeno, una condición de desigualdad de poder que emerge de la interacción social entre los inmigrantes y los ciudadanos del país receptor que busca justificarse sustentándose en prejuicios, estereotipos, racializaciones, etc. Esta desigualdad se corporiza en la violación de los derechos humanos que toman lugar en el país receptor, así como a la impunidad para quienes cometen tales violaciones. Este documento brinda una definición internacional del “trabajador migratorio” y establece normas de trato. Su objetivo consiste en atribuir derechos fundamentales, impedir y eliminar la explotación, poner fin al tránsito ilegal y clandestino como así también a las situaciones de irregularidad debida a la indocumentación.

15 En el libro citado, Borrero comenta: “En las cuatrocientas leguas de campo, que ocupaban los establecimientos pastoriles nombrados, no encontré “un solo argentino.” La mayoría de los obreros procedían de Inglaterra y sus colonias. Había muchos trabajadores del norte de Europa, suecos, noruegos y dinamarqueses, que habían estado anteriormente en Buenos Aires y que hablaban castellano. Los chilenos seguían a los ingleses en el número” (163).

16 Tomo la definición de communitas de Carol Trosset (1988), una antropóloga que retoma los trabajos de Victor Turner (1995 [1969]) y de Arnold Van Gennep (1960 [1908]) proponiendo un nuevo giro teórico mediante la incorporación de otros dos conceptos: “habitus”, acuñado por Pierre Bourdieu (1977), e “ideología” tal como lo utiliza Louis Althusser (1971). Según esta autora, la communitas es un momento en el que ocurre una aguda experiencia emocional de unidad social, de afirmación de la propia identidad orientada por algún tipo de acción. Este sentido de pertenencia es resultado, a su vez, de una interpelación que permite a los individuos convertirse en sujetos y reconocerse como parte de un grupo. Explica, entonces: “Un conjunto de personas ha sido apelado como perteneciente a un grupo particular, y ha reconocido que su membresía a ese grupo es realmente una parte de sus propias imágenes [...] es necesario que [estas personas] hagan algo juntas, algo que les permita afirmar su identidad diciendo “sí, somos nosotros” y que a través de su propio contenido simbólico creen una experiencia intensa acerca de lo que implica compartir tal identidad” (Trosset: 177). A diferencia de Turner, ella sostiene que la situación de communitas puede ser evocada. Es decir que, si bien el reconocimiento de una identidad compartida fundada en la experiencia cotidiana no deriva necesariamente en un momento de communitas, ésta puede emerger al desarrollarse una acción colectiva que –apelando a una experiencia emocional común­promueva una afirmación identitaria. Utiliza el término “liminoide”, en lugar de “liminalidad”, y así logra despegarse de de la teoría de los “ritos de paso” redimensionando las situaciones de communitas como resultado de iniciativas individuales, profanas, motivadas por preocupaciones ideológicas.

17 Los temores infundidos posteriores a la experiencia de la huelga condujeron al Gobernador Interino Carlos Portella a publicar, en 1932, una recomendación dirigida a los dueños de los establecimientos ganaderos, industriales y comercio a fin de dar preferencia en la contratación de mano de obra a los trabajadores radicados en la zona, especialmente de origen nacional, por sobre los que venían de Chile. Hudson comenta que los fundamentos de esta y otras notas y circulares anteriores y posteriores residía en la necesidad de evitar la evasión de capital hacia el país trasandino, mejorar el estado de las clases trabajadoras residentes en el país, fomentar el arraigo en la región, controlar la “vagancia” y, fundamentalmente, evitar tanto los conflictos obreros como el “avance” del comunismo. Como podemos apreciar, este discurso se sostiene sobre un doble eje que lo vuelve contradictorio. Por un lado, se construye sobe la xenofobia planteando la defensa de la mano de obra nacional y la inversión de capitales dentro de las fronteras estatales. Por el otro, enuncia desde la posición de los propietarios de los medios de producción y de la tierra –en general de origen extranjero- dando a conocer sus temores ante nuevas revueltas obreras incentivadas por la ideología comunista internacional.

18 “que ese civilazo, por más criollo que fuera, hiciera disparar al ejército argentino no podía perdonarse nunca y menos dirigiendo a chilotes. Porque aquí ya era una cuestión de prestigio; porque si hubieran sido argentinos contra argentinos, todavía vaya y pase. Pero aquí eran argentinos contra chilotes, con un destacado entrerriano a la cabeza. José Font, domador, sí, pero con la bandera roja . . . Esos chilotes roñosos, esos anarcos antiargentinos, le habían matado a su soldado preferido y lo habían hecho retroceder . . . habían hecho recular a las armas de la patria” (240-247).

19 El siguiente fragmento de una entrevista trascripta por Payró en La Australia Argentina ofrece algunas puntas para comprender el término “apatronados”, que este peón de campo relaciona con una vida “de esclavos”: “También es cierto que el trabajador europeo tiene que soportar la tremenda competencia que lo hacen los chilotes, los de Chiloé y Chonos, que se conchaban por diez, doce y quince pesos mensuales para trabajar en las minas, y que vienen a ser como una especie de esclavos, pues siempre deben más a sus patrones, por guachacay y alguna camiseta, que lo que han de ganar en muchos meses. Pero ellos soportan bien esas estrecheces, acostumbrados como están a vivir de choros y luche” (1898: 110).

20 Hudson realiza una síntesis histórica en la que explica que la etapa territorial se inicia en 1884 con la sanción de la Ley 1532 que organiza jurídica e institucionalmente los territorios nacionales, entre ellos el de Santa Cruz. Esta ley otorgaba importantes atribuciones al gobernador, designado por el Poder Ejecutivo con acuerdo del Senado. Sin embargo, sólo los primeros gobernadores pudieron disfrutar de tales atribuciones debido a que decretos posteriores fueron limitando sus facultades. Con la sanción de la Ley 14.408 de 1955, los territorios nacionales –a excepción de Tierra del Fuego– adquirieron el status de provincia. El golpe militar de ese mismo año que derrocó al gobierno peronista retrasó la puesta en vigencia de la ley de provincialización hasta que, en 1957, se hizo efectiva mediante la sanción de la Constitución Provincial. Al año siguiente se realizaron las primeras elecciones provinciales.

21 La metáfora refiere a aquellos trabajadores que migran siguiendo el ritmo de los diferentes ciclos productivos (baños, señalada, esquila y arreos de hacienda para los frigoríficos) e incluye, en esta región, a chilenos y aborígenes, aunque no descarta la posibilidad de otras nacionalidades.

22 Este encuentro, promovido por Perito Moreno para evitar el conflicto armado, se selló con un abrazo frente al estrecho entre los dos presidentes. Posteriormente, cuando casi estalla el conflicto nuevamente en 1902, Eduardo VII de Inglaterra firmó el fallo arbitral en el que participó como mediador entre los dos países (Hilarión Lenzi).

23 “a su memoria acudió el recuerdo de una superstición india: el águila de las pampas debe ser cazada antes que logre dar un grito, pues si lo lanza, la tempestad acude en su ayuda... No bien lo recordara, montó de nuevo y siguió galopando . . . como buen amansador, Rivera sabía que un caballo reventado no obedece ni a espuela ni a rebenque, pero no cae mientras sienta a su jinete encima” (109-110).

24 Sobre este tema, ver Pablo González Casanova (1963).

25 El peón de la estancia del sur es en casi su totalidad “chileno,” pero “chileno del sur,” como dicen los chilenos del norte, involucrando en esta diferenciación unos ficticios valores raciales. El “chilote” como se le llama despectivamente, es considerado un tipo inferior por pertenecer o tener un harto porcentaje de sangre araucana (ver nota 5).

26 Entre los rasgos distintivos que la población de Chiloé “heredó” de los indígenas menciona su capacidad para el trabajo manual bajo condiciones climáticas adversas, el trabajo comunitario, la hospitalidad, la cooperación familiar, la apertura hacia lo foráneo, la libertad y la independencia de las mujeres y enfatiza, particularmente, la riqueza de su mundo simbólico, la creatividad de sus mitos y leyendas a las que desde una valoración literaria, compara con “los mitos griegos y romanos de la edad antigua” (24).

27 Los laboratorios farmacológicos no sólo han prestado atención al valor del conocimiento de la medicina tradicional (especialmente en lo que refiere a los usos de ciertos vegetales y sus propiedades curativas), sino que también se han apropiado de éste, sin intenciones de retribuir a las comunidades indígenas. Desconozco si este tema había sido estudiado en la década del ’30.

28 En otro trabajo, titulado “Retratos chilotes: tres miradas desde la literatura”, he analizado el impacto del texto de Sarmiento en la producción de estos escritores. Este ensayo fue presentado en el Congreso Internacional de Americanistas (Santiago de Chile, 2003), en el simposio “Ficcionalización de fronteras e identidades. La tensión de los discursos de civilización y barbarie versus Sertão y Litoral”. Una versión ampliada saldrá publicada a través de la Universidad de Innsbruck (Austria).

29 “¿hemos de cerrar voluntariamente la puerta a la inmigración europea que llama a golpes repetidos para poblar nuestros desiertos? . . . ¿hay en la América muchos pueblos que estén como el argentino, llamados por lo pronto a recibir la población europea que desborda como el líquido en un vaso? ¿No queréis, en fin, que vayamos a invocar la ciencia y la industria en nuestro auxilio?” (8).

30 El fragmento completo de la ley 817 que aportó el marco regulatorio para la inmigración masiva ocurrida entre 1890 y 1914, explicita que se considera inmigrante a “todo extranjero jornalero, artesano, industrial, agricultor o profesor menor de sesenta años que llegue al país para establecerse pagando pasaje de segunda

o tercera clase o teniendo el viaje pagado por cuenta de la Nación, de las Provincias o de las empresas particulares protectoras de la inmigración y colonización” (María Inés Pacceca, m.i.).

31 En 1877 se crea la Subdelegación Marítima de Santa Cruz, a través de un decreto firmado por el Presidente Avellaneda y el Ministro de Guerra Roca en el que se instaba a “colonizar” y completar el “sometimiento pacífico” de los aborígenes. Dos años después, el gobernador Carlos María Moyano (1877­1887), escribe una carta en la que plantea conducir ganado desde Patagones hasta Santa Cruz “por el camino de los tehuelches” y, convirtiéndose en vocero de la “república”, la presenta como una entidad subjetiva que manifiesta sus deseos: “La República sólo espera ver concluido el arbitraje para lanzar al territorio disputado una fuerte corriente de civilización” (Moyano 1948).

32 Borrero denuncia este hecho diciendo que: “el único fin perseguido es despoblar aquellas regiones, sobre todo, del elemento nativo, que constituye un verdadero ‘fantasma’ del latifundismo (Borrero 154). Las numerosas tribus que poblaban la Patagonia y Tierra del Fuego, constituían para ellos un doble y grave peligro; primero, el de que les comieran las ovejas. . .; segundo, el de que civilizados los indios . . . reclamaran su parte de tierras acordándose de que eran argentinos . . . entonces resolvieron destruirlos en masa . . . Al principio les pagaban una libra esterlina por “cada par de orejas” de indio que entregaban . . . como los “patrones” se apercibieran de la trampa por haber visto algunos indios desorejados, cambió el sistema y desde entonces no se pagaba una libra esterlina, sino a cambio de la cabeza, los testículos, los senos o algún otro órgano vital de eso que constituía la “gran caza” de la Patagonia” (Borrero 35-36).

33 A diferencia de la década aquí analizada, en el presente los indígenas participan del proceso de recobrar visibilidad. La razón de este cambio se explica, quizás, como una consecuencia de las propias iniciativas indígenas en el marco de un contexto propicio. En 1989 se firmó el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo sobre “Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes” y, posteriormente, Naciones Unidas declaró la “Década Internacional de los Pueblos Indígenas del Mundo” (1995-2004). Las iniciativas internacionales influyeron en el plano nacional: en Argentina se sancionó la Ley 23302 en 1985 y, en 1992, se aprobó el convenio 169 de la OIT por Ley Nacional 24071; en Chile, por otro lado, la apertura democrática, en 1990, abrió posibilidades para la redacción de la Ley 19253, sancionada en 1993 sobre “Protección, Fomento y Desarrollo de los Indígenas”, no obstante, aún queda pendiente la ratificación del Convenio 169. 34 Hasta el momento, sólo he trabajado tangencialmente el modo en que los chilotes, así como la región austral de Chile, son percibidos por las personas que residen en la capital. Respecto al caso argentino, aunque he enfocado mi análisis en la provincia de Santa Cruz, la experiencia de vivir casi diez años en Bs. As. me permite conjeturar que la Patagonia es imaginada en términos cuasi positivos –como un lugar exótico, lejano, turístico, habitado por descendientes de inmigrantes europeos (en contraste con el norte del país)- y que, en esta ciudad, no se sospecha el rechazo que los porteños generan en diversos lugares del interior del país, ni las relaciones de “amor/ odio” entre chilenos y argentinos que resultan de la interacción intensa en las zonas de frontera. Esta situación, contrasta con el comentario de Lauren Derby (1994) sobre la frontera entre Haití y República Dominicana en la década del ’30, en el que sugiere que el término “haitiano” en la capital se usaba peyorativamente para referir a una conducta impropia, “bárbara”, ligada a la falta de urbanidad, explicando tal actitud como un resultado de la falta de contacto íntimo: “In the Dominican capital, Santo Domingo, notions of Haitian alterity have always been more extreme, categorical, and radical than in the borderlands, due to the lack of contact between groups” (493).

Para citar este artículo

Referencia electrónica

Mariela Eva Rodríguez, « ¿Indígenas, obreros rurales o extranjeros? », Nuevo Mundo Mundos Nuevos, Debates, 2005, [En línea], Puesto en línea el 08 février 2005. URL : http://nuevomundo.revues.org//index451.html. Consultado el 10 mai 2008.

Autor

Mariela Eva Rodríguez

Candidata al doctorado en Literatura y Estudios Culturales. Georgetown Universtiy. Estados Unidos. Becaria del CONICET. Argentina

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